Todos somos Padilla, por Paco March, en Burladero

Todos somos Padilla, por Paco March, en Burladero

Publicado en Burladero.com | Paco March | 11-10-2011

Así rezaba la pancarta que , el día después de la tragedia, desplegó la joven y, por tanto, combativa Unión de Taurinos y Aficionados de Catalunya (UTYAC) en la plaza de la Misericordia zaragozana.

Habían llegado, procedentes de la tierra de la prohibición, en autocar, como en tiempos de la oprobiosa viajábamos más allá de la frontera en busca de libertades negadas, para apoyar a su torero Serafín Marín y buscar solidaridad. Pero más allá y por encima de eso, pusieron el énfasis en solidalizarse ellos mismos ( y con ellos , todos) con el torero caído. Ejemplar.

Sí, apenas apagados los ecos de las dos últimas corridas en la Monumental- quizás para siempre jamás- dos tardes de reivindicación del toreo desde su convulsa belleza, de nuevo la sangre derramada por un torero acapara portadas.

Imágenes de un patetismo brutal, tensa espera a la puerta de la enfermería, larga vigilia en el hospital del que, al cabo de las horas, salía un parte médico que habla de pérdida de visión, parálisis facial irreversible y destrozos múltiples aunque (milagro le llaman) la vida a salvo.

Hasta ahí la noticia. Ahora la reflexión, tan subjetiva como todas, claro.

En el debate sobre la Tauromaquia, ancestral y enconado y que en Catalunya parece consumado con la prohibición- democrática, por supuesto- la relación de equidad entre el ser humano y el animal se sitúa la mayor de las veces como eje fundamental.

En el pensamiento moderno el animal ha pasado de ser bestia terrorífica a mascota ( el animal de labor ya es casi reliquia). Partiendo de esa de esa visión antropomórfica del asunto que sitúa a todos los animales, humanos o no, con el mismo status, ya sea perro o lobo, gato o león, hombre o toro de lídia, la tauromaquia no puede sino provocar rechazo.

De (casi) todos es sabido que la prohibición del toreo ha conocido muchos episodios a lo largo de la Historia y no siempre desde el lado animalista del asunto. Ya el Papa PíoV, en 1567, promulgó una bula por la que prohibía los espectáculos con toros por – decía- la gran cantidad de muertos y heridos que provocan, al tiempo que negaba el entierro en sagrado a quienes a aquellas prácticas se dedicaban.

La corrida de toros como hoy la conocemos parte de la subversión del pueblo contra la nobleza y el toreo a caballo. El pueblo es el que hace la corrida a pie, ocupa el ruedo. Tres siglos de continua evolución, acorde con los usos y costumbres de cada época, normatizada la corrida por sus padres fundacionales, Cúchares, Paquiro,Pepe-Hillo y Montes y un toro que, por decantación y selección genética ha pasado de la fiereza, que sólo permitía una lídia defensiva preparatoria para su muerte a espada a la actual bravura dulce o encastada y, también, mansedumbre en diverso grado, sin olvidar que ésta no es más que una condición del animal.

En 1925 el toro Pocapena hirió de muerte en la plaza de Madrid a Manuel Granero, en una cornada que muchos recordamos (las fotos, ahí están) a la de Padilla en Zaragoza. Acaba la temporada española en tragedia y con sangre de un torero y algunos-demasiados-se alegran de ello. Son los mismos (alentados por otros) que en su pobreza de espíritu, en su mezquindad camuflada de profetas del bien, en su nadería intelectual, en su hipócrita buenismo, en sus cínicos argumentos, brindaban ante la Monumental en la última. Que les aproveche.

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