Muerto el tercero ganaba la tarde el toricantano Esaú Fernández por una oreja. Un premio a la voluntad del que llega, a sus muletazos largos, en el aire de Jesulín. Sería injusto que fuese precisamente a uno que llega exigirle lo que no se le exige a otros de ajuste, pero convendría que se pasase el toro con más verdad. En esa línea construyó la faena con un buen toro, que para dar el paso de novillero a matador era el ideal, siendo más novillo que toro. Noble. Esaú tuvo mérito de irse a portagayola. Esperar una eternidad y tirar una larga perfecta. La plaza le jaleó todo con actitud paternalista. Estocada desprendida y premio para el recuerdo.
La mala suerte de Morante le ha llevado a la ofuscación. La cosa ya empezó torcida cuando su primero, también sin ningún remate, se le cruzó, le buscó la espalda, terminó por desarmarlo y en la huida hacia tablas alcanzó la barrera sin facultades para saltarla. Volaron las toallas al quite. Revuelo de capotes. ¡Uy! El toro se dio un volatín y quedó echado como la maja desnuda. Quedó pegajoso el bicho. Hilo hacía. Morante de vez en cuando le ligaba un par de ellos y al tercero se venía encima. Un tirón lo paraba. El saludo al más toro cuarto, bizco y cercenado del derecho, fue barroco, caro, forzado, agitanado; verónicas distintas a parsimoniosas, más abigarradas estas; en el tercio de muleta el toro no se definía, se los tragaba para adentro y no quería para afuera. Mirón. Un trallazo de trinchera tampoco ayudó. Un molinete se coreó.Voluntad. Viento. Ofuscación. Impotencia.
El Cid desigual como el torillo, que se las traía por el izquierdo pero que se dejaba mucho por el derecho. Luego se vería que la corrida se había partido en tres y tres. Los primeros anovillados; los otros con mayor remate. Cid, demasiado abierto con el toro, corrió la mano con tersura y ligereza. Los pases de pecho a la hombrera contraria fueron lo más ajustado. Mucho más toro fue el quinto. Y mucho mejor con sus cosas. La principal la tuvo toda la corrida: la escasa fijeza, la mirada desparramada. El Cid quiere apostar y le cuesta un múndo pisar el sitio. Se vio cuando brindó al público y citó de lejos. Se vino al galope el toro y se quitó. Logró muletazos buenos intercalados. El Cid quiere y no puede.No le responden las piernas ni el corazón. El toro la tomó cuando le exigió muy por abajo con importancia. Había que ponerse, no quitarse. Pinchazo y media baja y tendida.
El último era un tío. Me lo había cantado Manuel Luque por la mañana: “Ese es el toro de la corrida, ya verás como rompe”. Y vaya si rompió.“Holandero” se llamaba. Esaú se había llevado toda la baraka en el el sorteo. Toda es toda. Muleteó con las misma virtudes y defectos que en anterior, sólo que por el volumen del toro se veía menos el hueco. “Holandero” hacía el avión. Se sumó el temple. Bajonazo y oreja.
Plaza de toros de la Maestranza. Martes, 3 de mayo de 2011. Décima de feria. Lleno. Toros de El Pilar, muy desiguales, una escalera, los tres primeros anovillados y sin ningún remate, los tres últimos con trapío; bueno el 1º, extraordinario el 6º; importante el 5º; desparramaron en general mucho la vista; muy cambiantes.
Morante de la Puebla, de carmesí y azabache. Pinchazo y media estocada contraria (silencio). En el cuarto, pinchazo hondo y cuatro descabellos. Aviso (silencio).
El Cid, de sangre de toro y azabache. Estocada atravesada (saludos). En el quinto, pinchazo y media estocada baja (silencio).
Esaú Fernández, de blanco y oro. Estocada desprendida (oreja). En el sexto, bajonazo (oreja).