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Tomado de Mundotoro | 05-03-2011 | Nacho Lloret
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Dentro de la gran buena nueva de la entrada del toreo en el Ministerio de Cultura, no debe tomarse como anecdótico el hecho de que se incluya dentro del ámbito de competencias del Instituto de las Artes Escénicas.
Aprovechemos esta circunstancia, impensable hace apenas un año, para aparcar debates integristas estériles y defendamos realmente la integridad del arte de torear empezando por reivindicar su esencia verdadera.
El apartado c) del artículo 10.1 de la Ley de Propiedad Intelectual considera creación artística a ‘las obras dramáticas y dramático-musicales, las coreografías, las pantomimas y, en general, las obras teatrales’. La doctrina y los juristas identifican este tipo de creación artística con una serie de caracteres que son directamente aplicables al toreo:
La inclusión como creaciones artísticas objeto de protección de coreografías, pantomimas e, incluso, de la escenificación de obras dramáticas, al margen de la obra literaria abre el campo de la propiedad intelectual a un tipo de expresiones artísticas donde la creación es viva, puede concebirse, desarrollarse y contemplarse a un mismo tiempo. No debemos olvidar que las artes escénicas y el toreo tienen orígenes semejantes como subproducto de liturgias religiosas, tanto canónicas y ortodoxas como mistéricas y heterodoxas.
Las artes dramáticas, como defiende Enrique Gil Calvo, aluden al conflicto, al choque de voluntades enfrentadas, a la lucha; el agonismo es su naturaleza, donde dos o más fuerzas enfrentadas -protagonista, antagonista,…- tratan recíprocamente de vencer y convencer, de dominarse y superarse, para provocar en el espectador la revelación de un dilema moral de naturaleza paradójica.
También Lorca ve relación entre toreo, liturgia -liturgia de los toros la llama- y drama. Así habla, impregnado de su fatalismo existencial, de este punto refiriéndose al toreo:
‘Parece como si todo el duende del mundo clásico se agolpara en esta fiesta perfecta, exponente de la cultura y de la gran sensibilidad de un pueblo que descubre en el hombre sus mejores iras, sus mejores bilis y su mejor llanto. Ni en el baile español ni en los toros se divierte nadie; el duende se encarga de hacer sufrir por medio del drama, sobre formas vivas, y prepara las escaleras para una evasión de la realidad que circunda’.
Al fin y al cabo el torero es interpretación. Es comúnmente utilizada la expresión ’interpretar el toreo’. El toreo tiene unas reglas claras: la técnica que el torero debe conocer, el conocimiento del tipo de toro que va a lidiar para anteponerse a sus reacciones, la responsabilidad en una plaza concreta,… todos esos exponentes se podrían equiparar al texto de las creaciones escénicas. El torero, llega incluso a configurar una creación propia.
Además de eso, la corrida es un espectáculo colorista y lleno de luz. Es una representación desde el momento que el paseíllo inicial. El traje de torear también tiene su punto teatral, el torero se viste de un modo especial porque va a interpretar un papel concreto donde el traje tiene su significado escénico.
Además, hay un inicio, un nudo y un desenlace, cada parte con su significado. En este punto, es puramente una creación escénica porque todos estas reglas o pautas coreográficas sí están escritas y podrían compararse con un libreto que hay que seguir a ‘rajatabla’. Sin embargo, el desarrollo de la escenificación siempre es incierto porque hay que acoplar al toro.
Finaliza el autor referido su alegato asegurando que ninguna representación figurativa como esta, típicamente espiritual, asume con emoción y belleza tan puras el misterio eternamente fugitivo del arte: ‘el del mismo hombre, rostro de vida, que es máscara de muerte; inquietud y sosiego juntos, dándonos la fórmula barroca de lo español más vivo y verdadero con su mejor y más depurada elegancia’.
Por su propia naturaleza, el toreo, como el resto de artes escénicas, no puede ser nunca una creación fijada en su concepción, se crea y ejecuta conforme las características del toro, delante de él y con la discrecionalidad del torero de darle la lidia más adecuada en cada momento, pero la creación artística sí tiene un reflejo y un receptor común, el público.
Argumentos jurídicos y doctrinales hay, pues, sobrados para tomar en serio la ubicación del arte de torear dentro del Instituto de Artes Escénicas como algo más que una mera casualidad o un refugio marginal. Ojalá que de una vez por todas se consiga centrar el debate y la acción en la verdadera defensa del toreo. Para ello no hace falta inventar nada, sólo releer a García Lorca: ‘El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo, es el drama puro. Es el único rito donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada con la más deslumbradora belleza’.