Publicado en Mundotoro 04-10-2011

Madrid (España). La excongresista de Esquerra Republicana de Cataluña,Pilar Rahola, ha sido despedida como colaboradora de la emisora Onda Cero por defender la prohibición de la Fiesta de los Toros en la Comunidad catalana y censurar en su columna habitual en La Vanguardia al periodistaCarlos Herrera, una de las estrellas de la citada cadena, por su alegato en favor de los toros y en contra de la decisión política de suprimirlos en aquella tierra.
En su columna, titulada La Chusma, Rahola dedica frases como ‘el discurso nacionalista sobre los toros lo estáis haciendo desde el otro lado del puente aéreo, confundiendo un polémico espectáculo con la esencia española. ¿O tenemos que recordar que el concepto de “fiesta nacional” lo inventó Franco?‘ o ‘A partir de ahora, ¿qué harás? ¿Cuando entrevistes al president Mas lo presentarás como el “presidente de la chusma y la basura nacionalista”?’
Rahola llevaba cinco años colaborando en el programa Julia en la Onda, que presenta la periodista Julia Otero, reconocida antitaurina, y en el que compartía espacio entre otros con Espido Freire, Lucía Etxebarría oJavier Sardá.
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Artículo de Carlos Herrera en defensa de la Fiesta, en su web www.carlosherrera.com

El viejo sueño prohibicionista que tanto anhelaron decimonónicos y exaltados elementos de generaciones pasadas está a punto de hacerse realidad merced a una iniciativa popular que varios grupos supuestamente animalistas han llevado hasta las mismas orillas del Parlamento catalán. Corrijo: hasta las orillas no, hasta tierra adentro, hasta el pleno, hasta la votación final. Que haya sido precisamente en el Parlamento catalán brinda, de momento, una de las claves de tan bienintencionada iniciativa. No en el murciano, ni en el cántabro, ni en el andaluz: ha sido tramitada en el catalán, donde el desespero por dar cuerpo legal a toda diferenciación posible con el resto orgánico y funcional de España alcanza cotas obsesivas. Ello invita a una primera pregunta llena de inocencia: ¿Por qué privar a los «animalistas» valencianos de la posibilidad de acariciar la prohibición final de la fiesta de los toros? ¿por qué privar a los navarros, por ejemplo? Las más elementales respuestas nos llevan al núcleo principal del asunto: porque ni los ocupantes de los escaños en Valencia o en Pamplona tienen ningún interés en dejar de ser españoles, porque ni los valencianos ni los pamploneses albergan desprecio por manifestaciones artísticas comunes y porque ni los valencianos ni los pamploneses entienden sus fiestas sin el elemento fundamental del toro. La mayoría, mitad más uno, de los electos catalanes tienen en común no ser capaces de desligarse de la corrección política que lleva a manifestarse por opciones de soberanía ilimitada; es decir, son incapaces de decir que no son independentistas: como saben, aunque sea «de corazón», el buen político catalán siempre dirá que acaricia una cierta ensoñación soberana. Lo contrario es estar fuera de la campana de cristal, donde tanto frío hace.
El toro es , pues, la excusa perfecta. ¿Qué mejor manera de evidenciar que no somos españoles y que no tenemos nada que ver con ese hatajo de bárbaros hirsutos y primitivos que desterrar de las ciudades catalanas la insoportable tradición de la tauromaquia?
Inmediatamente sentirá usted el impulso de reprocharme, dilecto lector, que establezco un infantil paralelismo entre taurinismo y españolidad, dando a entender que los detractores de la Fiesta son españoles sediciosos que esperan agazapados el momento de dinamitar la idea común de Estado y Nación que tantos bandazos lleva dando desde la noche de los siglos. Ni mucho menos: el antitaurinismo está escrito en la costumbre de España desde los primeros días del arte de Cúchares. Bien es cierto que ya no hay antitaurinos como antes, pero no hay nada más español que ser contrario a la Fiesta, denostarla, odiarla, vilipendiarla. La intolerancia es una costumbre muy de por estos pagos y no hay mayor muestra de ello que llamar «asesinos» a los espectadores de una plaza de toros, a los aficionados, a los toreros, a los ganaderos. Lo que vengo a manifestar es que gracias al trabajo de estos intolerantes que de forma tan histriónica dramatizan su oposición a la tauromaquia, otros aprovechan para llevar el ascua a su sardina, sin detrimento de que, en no pocas ocasiones, ascua y sardina coincidan. En Francia, país que debe albergar igual número de candorosos defensores de los animales que España -vamos, digo yo-, como no hay Estado que tambalear o Nación que modelar, el debate no pasa de la airada protesta de los contrarios a que el coso de Nimes sirva para escenificar la más bella ceremonia artística de todo el planeta taurino. ¡Enseguida van los franceses a debatir la supresión de los toros en el Parlamento!
Pero hay más. La política cuenta entre sus moradores con un número alarmantemente alto de sujetos a los que la sola posibilidad de prohibir algo les provoca una descarga hormonal incontrolada y una consiguiente sensación de placer de las que nublan la vista. Muchos miembros de la clase política, efectivamente, consideran que han desempeñado con rigor su cargo cuando establecen mecanismos para prohibir cualquier costumbre, conducta o tendencia que no case con sus gustos o manías. Si un diputado consigue que triunfe una proposición de ley que impida, por ejemplo, la ingesta de grasas insaturadas a media tarde de días festivos, considerará que ha llegado a la cumbre del servicio a su sociedad, se emocionará, se tocará las partes blandas y caerá en una turbación placentera de la que sería hasta injusto despertarle. La pasión por prohibir está escrita en la declaración de principios políticos de la mayoría, con lo que ¿qué más felicidad puede haber que ser protagonista del hecho histórico de haber prohibido los toros en Cataluña? Enseguida se imaginan lo que dirán de ellos los libros, la llamada a los programas de televisión cada fecha de aniversario para que recuerden anécdotas del proceso como si fueran los padres de la Constitución, la placa homenaje que les grabarán algunos colectivos ecologistas, el bautizo con su nombre de alguna peña de dominó de su pueblo… La Eternidad, en suma.
Unos y otros desconocen, me temo, que el mayor antitaurinismo está, hoy por hoy, dentro de la Fiesta. Por mucho que insulten, coaccionen, amenacen y amaguen con prohibir, el aficionado que se tenga por tal seguirá acudiendo a las plazas. Será la propia deriva del toreo la que llegue tal vez a impedir que el espectáculo sea posible. Si se desnaturaliza la ceremonia, se resta sinceridad a las faenas, se llena de vulgaridad el ruedo, se manosea insensiblemente el rito, se caen los toros y las figuras siguen marcando su ley, los espectáculos taurinos perecerán sin que ningún parlamentario catalán tenga que darle al botón. Si una entrada de tendido sigue siendo prohibitiva para los jóvenes, un abono lo mismo para los menos jóvenes, si la casta se difumina con la selección genética que imponen ciertas modas, si los toreros actúan como si tuviesen ya diecisiete fincas recién tomada la alternativa, si los novilleros no se pegan arrimones sinceros y valientes, si los empresarios no derrochan más imaginación en la confección de carteles, si el público se empeña en aplaudir mediocridades aparatosas, si se desmochan los pitones o si se utiliza la pica para destrozar los lomos de un burel, la Fiesta de los Toros padecerá una muerte lenta, silenciosa, tristona e inexorable. El diagnóstico será sencillo: habrá muerto de aburrimiento.
Curiosamente, en cambio, es esta «iniciativa popular» la que está despertando de una cierta modorra a los aficionados: la plaza de Barcelona hacía años que no registraba entradones como los recientes. ¡A ver si lo que va a conseguir toda esta patulea es revivir al enfermo! El debate cada día es más vivo, se escribe más sobre los toros que antes y los miembros del mundo taurino albergan nuevas esperanzas. Los defensores de la Fiesta empiezan a organizarse, la afición frunce el ceño y nunca se había puesto tanta atención a los carteles de las primeras ferias. Al final habrá que dar las gracias a los que quieren que tantos años después se repita la historia y los catalanes tengan que volver a Perpignan como cuando peregrinaban para ver algo de un tango y de París.
Empieza ya la temporada y los abolicionistas comienzan ya con su sufrimiento. Lo respeto y lo siento, tengo amigos nada taurinos que sufren sinceramente con un espectáculo que consideran cercano a la barbarie. Pero ellos, al menos no quieren prohibirlo: jamás irán a una plaza de toros pero no están por impedirme ir a mí. A veces, reconozco que para ver lo que se ve, mejor haberse quedado en casa, pero la elección de aburrirse es también uno de los privilegios de la libertad.
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Buenos días, estimado Carlos Herrera. Desde este humilde rincón me dirijo a ti desde mi condición de chusma. De “chusma” o de “basura nacionalista”, para usar las dos bonitas expresiones con que nos has regalado los oídos. Has dicho en tu programa que la prohibición de los toros en Catalunya te remite a “toda esa chusma y a toda esa basura nacionalista”, y has continuado con un furibundo alegato contra la decisión catalana, que bien merece las dos orejas y el rabo. No sé quién te dará el premio, pero en algunos rincones hay tanto odio hacia lo catalán, que seguro que tendrás mucho aplauso.
Por supuesto, el debate de los toros es enconado, especialmente para aquellos que no lo mezclamos con ningún bandera (también luchamos contra los correbous) y sólo queremos una sociedad más piadosa y más digna. En Catalunya, en Madrid, en tu bella Sevilla y en la China popular. Te diría, además, que el discurso nacionalista sobre los toros lo estáis haciendo desde el otro lado del puente aéreo, confundiendo un polémico espectáculo con la esencia española. ¿O tenemos que recordar que el concepto de “fiesta nacional” lo inventó Franco? ¿O recordamos que España tiene una larguísima tradición de gentes contrarias a las corridas, pasando por tres reyes –Felipe V, Fernando VII y Carlos III– y acabando con la generación del 98, muy crítica con esa carnicería? ¿O recordamos que dos papas llegaron a prohibir la fiesta porque no casaba con los valores cristianos? Pero nada de esto es importante, porque donde haya una “basura catalana” para darle en el cogote, ¿para qué hablar con propiedad? Es igual que la absoluta mayoría de catalanes esté en contra, que lo esté la mayoría del Parlament y que la prohibición recoja una iniciativa popular de miles de firmas. Es igual, porque lo que huele a catalán, cuando no casa con según qué consignas, siempre es perverso. Un colega tuyo ha llegado a tildarnos de nazis, aunque no es la primera vez que esta ignominia ocurre. Y respecto a ti, ¿es necesario insultar a centenares de miles de personas porque no cuadran con tus gustos?
A partir de ahora, ¿qué harás? ¿Cuado entrevistes al pesident Mas lo presentarás como el “presidente de la chusma y la basura nacionalista”?
Claro que tal como lo trataste la última vez, todo es posible… Y a los catalanes nacionalistas que te escuchan, ¿les recordarás que son pura basura? Por otro lado, ¿hasta dónde llega la definición? ¿Somos chusma y basura sólo si estamos contra los toros, o debemos acometer otras maldades? No sé, defender el catalán o el Estatut (como hizo algún accionista de la empresa donde trabajas), o el pan con tomate. En fin, estimado Carlos, ¡basta ya! Basta ya de que sea gratis insultarnos por el solo hecho de intentar legislar nuestras propias convicciones. Basta ya porque puede que tengamos la piel muy gruesa, pero empezamos a tener memoria.